Han pasado 16 años desde el atentado en la calle Tarata y el recuerdo de esa noche nefasta aún sigue en la memoria de la comunidad miraflorina.
Yo era muy joven en 1992, pero aún recuerdo esa noche como si fuera ayer.
Recuerdo que estaba cenando con mi familia cuando un estruendo ensordecedor hizo retumbar mi casa y el miedo se apoderó de mi cuerpo.
En Lima ya estábamos familiarizados en reconocer el ruido que produce una bomba. Todos en casa nos abrazamos y pensamos en nuestros amigos. Las alarmas de los autos no paraban de sonar y los perros ladraban sin cesar. Empezamos a llamar a nuestros familiares y amigos, pusimos el noticiero y las imágenes del horror aparecieron ante nuestros ojos, lastimándo todo nuestro sentido de seguridad.
Nunca olvidaré esas imágenes. Jamás olvidaré los rostros de aquellas personas que lloraban de espanto y de dolor. Nunca olvidaré a ese señor que llamaba a su hijo temiendo lo peor y que miraba impotente cómo se incendiaba su hogar. Recuerdo cuando el hijo apareció y abrazó a su padre.
Al día siguiente Miraflores era una ciudad de luto. Recuerdo las personas caminaban como sonámbulas entre los vidrios que habían caído de las vitrinas de la avenida Larco. Recuerdo incluso que un vidrio cayó a mi lado y en ese momento pensé que todo se había perdido.
Sé que Sendero Luminoso y su violencia maldita ya habían entrado hacía mucho en Lima.
Cómo olvidar los atentados en Villa el Salvador y el asesinato de María Elena Moyano. Pero nunca sentí como aquella noche que pude haber sido yo la que estuviera muerta en ese momento o alguno de mis amigos o familiares.
Luego de Tarata ya nada fue igual en Miraflores. Recuerdo que en aquel entonces la Municipalidad repartió cartillas de orientación a los vecinos para saber cómo actuar en caso de una bomba. Cuando recibí esa cartilla en la que me decían que teníamos que prepararnos para otro atentado sentí que mi país estaba a punto de convertirse en un recuerdo.
Semanas después pusieron una bomba en la esquina de mi casa. Gracias a las medidas de seguridad que nos repartieron pudimos reaccionar a tiempo. Era un día de semana, faltaban pocos minutos para el toque de queda cuando un golpe ensordecedor nos botó al piso. Como decía la cartilla nos acostamos en el suelo y abrimos la boca muy grande para que nuestro cuerpo no reventara. Recuerdo hasta ahora los ojos de terror de mi hermana y a mi madre agarrando nuestras manos muy fuerte.
Días antes yo habíamos asegurado las vidrios de las ventanas con cinta de embalaje. Esto era para evitar que en caso de una bomba pudieran reventar y salir disparados. Luego que terminó la onda expansiva, nos incorporamos del suelo, nos abrazamos y lloramos.
Mis abuelos en ese entonces vivían en el departamento de al lado, corrí a abrazar a mi abuelo y lo encontré fumándose un cigarro, no se había movido de su sillón. Su mirada lo decía todo. Mi abuelo tendría en ese entonces unos 85 años y sin embargo, pese a su avanzada edad, nos cobijó a mi madre y a sus nietas con tal fuerza que nos brindó una sensación de seguridad que nunca olvidaré.
Creo que nunca más he vuelto a sentirme tan frágil como aquel día.
Todos los vidrios se habían roto, pero se mantuvieron en su sitio gracias a la cinta de embalaje. El ruido de la calle se filtraba por las ventanas rotas. Al poco rato llegaron los bomberos a mi edificio para ver si todos los vecinos estábamos bien. Recuerdo que revisaron nuestros ojos para ver si no teníamos vidrios. Es horrible la sensación de inseguridad que produce pasar la noche sin ventanas. El ruido de la calle se filtraba por todo el departamento y el viento, cómo olvidarlo.
Esa noche dormimos todos abrazados en el suelo. Teníamos miedo de otra bomba.
Qué país el nuestro, cuántas cosas han pasado en estos años.
Hoy sigo viviendo en mi mismo edificio, en el departamento que ocupaban mis abuelos. Mis abuelos nunca quitaron la cinta de embalaje de las ventanas que sobrevivieron el atentado. Son dos ventanas, dos ventanas a las que yo tampoco me he atrevido a cambiar. No me atrevo aún a sacarles la cinta, cada vez que me animo a hacerlo vuelve a mi mente esa noche y tantas otras más en las que el ruido de una bomba nos despertaba. Esas dos ventanas siguen como en 1992, todavía no me siento segura, no me atrevo a cambiarlas.
Me pregunto si algún día los peruanos terminaremos de reconciliarnos.
En el siguiente enlace pueden ver imágenes del atentado, captadas por Hilberto Hume.